lunes, 27 de octubre de 2014

Doppelgänger

Cuando llegas a la vida de alguien
no sabes si eres un doppelganger de alguna otra persona a la que 
solían amar. 

Piénsalo bien. 
                 
Si haciendo el amor piensas que es otra y ella piensa en alguien más,
son dos desconocidos en la cama
que indirectamente les están volviendo a ser infieles.


viernes, 20 de junio de 2014

La Puerta, de Salvador Elizondo

Salvador Elizondo, imaginante onírico, elegante, preciso, de los mejores escritores que mi existencia pudo haberse topado en este lugar donde se antoja un escape ante la realidad sin despegar los pies del piso, les comparto este cuento, mi favorito, que duré tres horas en transcribir a mano, pues no lo encontré en la red:


La Puerta

Llevaba cuatro meses encerrada en esa casa de salud, pero si le hubieran pedido una descripción exacta de ella no hubiera sabido hacerla. Sí, conocía los cuartos, pintados de verde pálido, que se sucedían los unos a los otros a lo largo de los oscuros corredores, los baños con muros de azulejo blanco que nadie usaba, los sanitaros inmanentemente fétidos de los que cada mañana las afanadoras recogían los pedacitos de papel manchados de excremento, de flemas, de sangre o de semen que las internas arrojaban sobre los mosaicos ajedrezados del piso durante el día. Con su bata raída de algodón blanco, manchada y sucia de sudor en el escote, recorría descalza ese edificio de fachada presuntuosa al que se llegaba cruzando un jardín estúpidamente bien cuidado que se extendía ante la gran puerta de acero inoxidable y vidrio; luego el vestíbulo de mármol gris y las salas de visita, pintadas también de verde pálido, ajuareadas con muebles forrados de cuero artificial y sobre las que presidía la mirada paciente y angélica de un Sagrado Corazón de Jesús, o la cabeza despectiva, indiferente dentro de los bien organizados pliegues de su manto rojo, de la Fabiola de Henner.


Fabiola, obra de Jean-Jacques Henner (1829–1905)

Traspuesta la segunda puerta se extendía ese mundo aparentemente apacible, silencioso de la locura. Los prados de césped verde sobre los que las mujeres escupían gruesas flemas, sobre todo en la mañana; las canchas de tenis abandonadas, carcomido el pavimento de polvo de ladrillo; la piscina lamosa, recubierta de azulejo blanquecino, en la que nadie se bañaba ya y cuyo fondo resbaladizo, surcado intermitentemente de gruesas ratas, ya era solo un abismo inquietante, insondable, escudriñado por contemplaciones turbias, demenciales y en cuyo borde se sentaban las internas a hablar deshilvanadamente mientras fumaban cigarrillos corrientes que luego arrojaban al fondo.

Largo rato, desde la terraza en que estaban las dos mesas de ping-pong, había estado contemplando cómo la luz de la tarde hacía vibrar las últimas hojas de los ciruelos que se arrastraban lentamente por las veredas trazadas entre los mantos de césped. “El otoño...”, pensó dejando escapar, muy lentamente entre sus labios heridos por las convulsiones de los electroshocks, un bocanada de humo que el viento se llevaba hasta la piscina en que dos internas, sentadas en el borde, fumaban, también, calladamente.

Al cabo de cuatro meses se había acostumbrado a la rutina del manicomio; el aseo sumario de la mañana, cuando todavía se oía cantar los gallos más allá de la alta barda de ladrillo rojo, el estruendo precipitado y súbito de los grandes camione sque pasaban frente a la clínica, por la carretera; luego el desayuno: café con leche tibio, avena, bizcohos... Pero no; antes del desayuno, una voz que recorría los largos pasadizos desiertos, tres veces a la semana...¿los lunes, miércoles y viernes?, ¿los martes, jueves y sábados? “Insulina...”, gritaba la voz que recorría presurosa esos corredores al amanecer, “Insuliiiiiii-na”, hasta que se perdía en un resquicio de la casa enorme. Al poco tiempo se escuchaban los pasos descalzos de las enfermas que, semidesnudas o apenas arropadas en sucias pijamas de franela, acudían adormiladas, sin asearse, a ese llamado que era como una convocación secreta hacia una cámara de tortura en la que se cumplía un rito propiciatorio para iniciar el día. Después del desayuno la distribución de cigarrillos. Había algo en todo esto que desentonaba: las monjas austeras, como grandes pájaros de plumaje blanco blandían, ante las enfermas que se pañaban en su torno, las cajetillas multicolores de tabaco negro que les eran arrebatadas ávidamente. A ella siempre le recordaba a la cigarrera del Peepin' Tom's aquella noche en que se le habían subido las copas y en que había bailado hasta la hora de cerrar. Al amanecer había salido de la cama como impulsada por una urgencia inaplazable de alejarse de esa respiración satisfecha y apenas perceptible que alentaba a su lado. Se había dirigido a la ventana y había descorrido las cortinas. La ciudad, cubierta de niebla gris se extendía interminablemente ante sus ojos y tuvo la sensación, por primera vez en su vida, de que aquél era un día marcado, un día en que el alba grisácea, opresiva, perduraría para siempre. Largo rato permaneció junto a la ventana viendo la calle desierta. Encendió un cigarrillo: Peepin' Tom's... música y baile...todas las noches... dos orquestas... Depositó el cerillo consumido en el reborde de la ventana. Por su mente cruzaron fugazmente las palabras de aquella canción: “Acércate más, ... y más... y más... pero mucho más...” Su boca balbució casi imperceptiblemente esas palabras: “Come clo...ser to meee...” y el vidrio de la ventana se empañó con su aliento cálido. Con la punta del dedo, sobre el vaho, trazó sus iniciales en letras de imprenta: JHS, el monograma de Cristo... Esa imagen era quizá la última que recordaba con claridad de su vida anterior. Lo demás eran sólo fragmentos informes. Tenía la sensación de que había ido hasta la recámara de su hijo y lo había mirado dormir, de que se había sentado en el borde de la cama, de que , agitada febrilmente, había vuelto a su cuarto. El camisón de seda había resbalado por sus hombros, a lo largo de su talle y de sus piernas. Desnuda, se tendió en la alfombra. Sintió frío, y apoyando la cabeza sobre las rodillas abrigandose el pecho con las manos alargadas y blancas, se había abandonado unos instantes a la sensación que su cabello suave le producía rozando sus muslos ateridos. Luego sintió cómo su saliva y sus lágrimas silenciosas le resbalaban por los senos y por las piernas hasta el pubis. Eso era todo. No podía recordar nada más.



“El otoño...”, volvió a pensar. Una ráfaga fría trataba empecinadamente de arrancar las últimas hojas al follaje de los ciruelos y de las jacarandas. Las hojas caían como una lluvia de oro sobre el césped; el viento jugueteaba todavía unos instantes con ellas antes de empujarlas, como si fuera con una tenacidad imperceptible, hacia la piscina. Dejó de pensar en la rutina de todos los días que había pasado allí. A lo largo de esos cuatro meses lo único significativo era el recuerdo de su hijo, un ser que ahora le era lejano y ajeno y la esperanza, la esperanza que solía renacer a cada instante, la esperanza de salir de ahí o de que, cuando menos, alguien viniera a visitarla. Una esperanza totalmente infundada.

Lanzó la última bocanada de humo y trató de arrojar el cigarrillo consumido a la piscina, pero no lo logró. El cigarrillo, humeante todavía, cayó a unos pasos del borde y el viento lo atizaba sin moverlo, arrancándole agitadas y pequeñísimas humaredas. Se puso de pie y se dirigió a su cuarto.

Después de cruzar los corredores oscuros, la sucesión de puertas entreabiertas detrás de las cuales se escuchaban, a veces, canciones populares salidas de los radios de transistores, imprecaciones apenas balbucidas, conversaciones informes plagadas de palabras obscenas, gemidos producidos por las convulsiones, llegó hasta su pequeño cuarto de paredes desnudas, pintadas de verde pálido, un color como el de los cadáveres, y se tendió en la cama. Instintivamente se llevó las manos cruzadas al pecho como si tratara de cubrir sus senos desnudos. Mucas veces se tendía así para pensar en su esperanza que poco a poco se le había ido muriendo, pero siempre cruzaba las piernas a la altura de los tobillos para no parecer un cada´ver. Una superstición que ella había inventado desde que era niña. Pero ese día, tendida ahí sobre esa cama estrecha, sobre las sábanas de manta arrugadas, contemplaba el cielo de la tarde, un cielo gris y sin sentido como aquel cielo que del alba que había estado mirando desde la ventana de su cuarto el día en que la habían traído ahí y por mirar ese cielo que le recordaba la libertad perdida olvidó cruzar las piernas. Se percató al cabo de un rato de que yacía sobre esa cama un cuerpo quieto, inanimado, que era el cuerpo de ella, su cadáver. Un escalofrío de terror le cruzó la espina y en un instante su frente se cubrió de sudor con el bochorno opresivo que le produjo la revelación súbita del rompimiento de todas las cosas de su vida. Todo en ese momento le fue ajeno, menos ese cuerpo blanco, suave, doliente que yacía sobre la cama sucia como un objeto deteriorado y sin sentido.

Trató de pensar en otra cosa, pero a su mente no acudió más que una sola imagen: la de la puerta.
Esa puerta formaba parte del misterio de la casa de descanso. Al final de un largo pasillo se erguía como una barrera infranqueable, un sexo secreto e inviolado. Cuántas veces, en su afán por dirimir las horas caminando a lo largo de aquellos corredores, en las tardes de lluvia, había llegado hasta ella sin explicarse ese término violento de la continuidad del pasillo que representaba la puerta.

¿Hubiera osado abrirla? No; parecía encerrar un misterio tenebroso, como si detrás de aquellas relucientes y pesadas hojas de cedro con su cerradura de bronce pulido, estuviera oculto un cadáver; su cadáver tal vez. En las noches había llegado a soñar con esa puerta, pero ni los sueños le habían revelado su misterio. Se había soñado perseguida, unas veces por el médico del establecimiento cuya bata blanca y almidonada adivinaba cruzar como una aparición siniestra por entre los corredores, siguiéndola hasta el último confín de la casa, amenazándola con un pequeño bisturí que relucía en la penumbra. De pronto llegaba ante la puerta, pero no osaba abrirla y prefería, en su angustia, entregarse a las caricias cruentas que el médico le prodigaba en todo el cuerpo, reteniendola de pie en un abrazo mamóreo, contra el marco barnizado. Otras veces la perseguía una caterva de perros rabiosos seguidos de los vigilantes y las afanadoras que vociferaban insultos soeces a sus espaldas. Al llegar a la puerta le daban alcance y entonces despertaba bañada en sudor frío, convulsa, gimiente. Se incorporaba sobre la almohada y lloraba hasta que el sueño la vencía nuevamente.
La sola imagen de esa puerta la estremecía; por eso cuando la imaginó en esa tarde que como el alba grisácea de su locura parecía interminable, sintió como un afán imperioso por vencer esa imagen que era ya, en el abandono total en que vivía, la única posibilidad de un encuentro trascendental; el encuentro consigo misma, con un tigre o con un asesino, con su propio cadáver, entregado para siempre, desnudo, a la otra ella que con una mano temblorosa abriría la puerta. Se incorporó y trató de contener el temblor que había invadido sus piernas. Miró una vez más hacia la ventana. El atardecer era un enorme paño gris que la cegaba. Sus manos recorrieron agitadas la carne de su cuello y de sus senos como buscando en el ritmo de su respiración convulsa una vez más la certidumbre de su cuerpo que, pensó, era lo único que aún le pertenecía. Oprimiendo sus sienes se puso de pie y luego se dirigió al pasillo, volvió la cabeza a un lado y otro. El sol de la tarde se colaba en pequeños manchones intermitentes de luz mortecina a lo largo del corredor. Al fondo estaba la puerta, apenas visible en la penumbra. Una carcajada demente llegó, saliendo de uno de los cuartos hasta donde ella estaba. Pero la musca de los radios como que se había ocultado y sólo el silencio, el agitado palpitar de su corazón abrumado, por el imperativo de su angustia, se escuchaban. Corrió y al llegar ante la puerta se detuvo jadeante. Se sentía desfallecer. Cerrando los ojos trató de recobrar el aliento. Alargó la mano temblorosa hasta tocar la cerradura reluciente y fría. Volvió a abrir los ojos y a mirar su mano que como la garra de una arpía retenía epilépticamente la bola de bronce. “Come clo...ser to meeee...” sonaron las palabras zumbando en sus oídos. Haciendo acopio de todas sus fuerzas dio vuelta a la manija y tiró.

Un rostro la miraba fijamente desde ese resquicio sombrío. El terror de esa mirada la subyugó. Se acercó todavía más al pequeño espejo que relucía en la penumbra. El rostro le sonreía dejando escapar, por la comisura de los labios, un hilillo de sangre que caía, goteando lentamente en el quicio. De pronto no lo reconoció, pero al cabo de un momento se percató de que era el suyo.


ELIZONDO, Salvador Obras: tomo uno, Colegio Nacional. México, 1994 (53-58)

*Transcribo la presente obra sin fines de lucro.
**Si hay lucro, páguenme por sentarme 2 horas a pasarlo.




martes, 18 de marzo de 2014


Cartas de navegación.
No busco

A veces resistir es dejarse ir
algunas veces resistir es soltarse
y caer en el vacío
llenarlo de nosotros mismos
y al tocar al suelo
podemos ser serpientes que se arrastran en círculos entre la ceniza de la historia, arena del desierto
y sentarnos a intentar describir en una sola palabra el mundo
o inventar un sitio más fácil de ser que en el que estamos
la mayor parte del tiempo
el horizonte se cierra
a cierta cantidad de posibilidades
mirar por el telescopio
y descubrir una isla
que no es más que otro desierto de arena
en medio de un desierto de agua
las palabras son mis enemigas
no dicen lo que quiero
el peso exacto de lo que siento
se deshacen
y resisto, entonces, dejo ir, una a una, adentro.

sábado, 15 de marzo de 2014

Tres cuentos

Hace más de medio año que mi coño se fue de viaje por el mundo. Desperté una mañana y descubrí que ya no estaba en su lugar.  Conoció lugares exóticos, aprehendió varias lenguas, dejó bajo llave la moral y la xenofobia en el desván de la casa. Me dejó sola también a mí. Probó de todo y con todo aquel que se cruzaba en su camino, me enviaba postales contándome cuanto lo disfrutaba y como se arrepentía de no haberse atrevido a hacerlo antes. Debo admitir que me provocaba una envidia tremenda. Cada vez que abría el buzón era un recordatorio de cómo había desperdiciado mi vida en  la universidad, en las buenas notas, en otras personas, en el trabajo, en mis padres. Aunque las cartas eran cortas, mi imaginación completaba los espacios en blanco entre una historia y otra. Se me fue la vida entre las piernas.

Quería morir al enterarme que se enamoró de alguien más, estaba segura de que jamás regresaría a mi lado al leer una situación tan melosamente redactada: "...coincidimos en una discoteca de Bahía, después de habernos encerrado una semana entera en el hotel me lo confesó,  no quería perder el tiempo que le quedaba de vida más que a mi lado." Me sentía perdida, impotente. Quería tomar el próximo avión a Brasil para rogarle que regresara, iba prometerle un mejor futuro, más estabilidad, más diversión "voy a cambiar por ti" repetía mientras doblaba mis bragas para ponerlas dentro de la maleta, mientras marcaba a la agencia para reservar en el mismo hotel dónde me contó que se hospedaba. "Tal vez aún hay tiempo", pensaba angustiada. La madrugada en que me dispuse a partir sonó el teléfono. Quería volver a condición de que no le preguntara nada acerca de su retorno. La venida de mi coño es lo mejor que nos ha sucedido en la vida, salimos a todas partes juntos, me cuenta lo que no supe de su viaje por medio de las postales (a excepción de su mala experiencia en Sudamérica).


(there's no chance at all: we are all trapped by a singular fate.


nobody ever finds the one.


the city dumps fill the junkyards fill the madhouses fill the hospitals fill the graveyards fill


nothing else fills. )*

Salí sola esa noche porque me dijo que no se sentía con ánimo para pasear, con un aire frío dijo que quería ordenar sus ideas y estar consigo un rato. Dormir. Lo mismo que hace un par de semanas, que hace un par de días.
Decidí ir a un bar que no había visitado antes por miedo. En ese lugar sentí algo que no había sentido desde hace varios años, un estertor doloroso y dulce entre las piernas, ese asiento de la barra tenía algo especial, en cuanto me posé sobre el me hizo temblar de una manera excitante, fui corriendo hasta el baño para revisar. "Así es la vida, no decides sobre lo que sientes (o dónde te sientas)". Cómo se lo iba a decir, no quería llegar esa casa, donde me esperaba con sus recuerdos y sus desvelos. ¿Debería regresar a su lado? me pregunté antes de meter la llave a la puerta. El ojo oxidado de la cerradura me recordó algo perdido en nuestro pasado.

Alone With Everybody*C.B.
Crónica de una noche
19 de diciembre de 2012 a la(s) 17:43
Para aquellas personas.
I saw the best minds of my generation destroyed by madness, starving hysterical naked,  dragging themselves through the negro streets at dawn looking for an angry fix...''Howl, A. Ginsberg.

Aquellas noches, aquellas fiestas, donde la noche es un pretexto más para salir a la ciudad y darle la mano a la vida por momentos medio vivida, algunas veces de más. No se escapan los propósitos inconclusos de la liviandad, tampoco el brillo en las miradas y los momentos que nunca se detienen.  Esos momentos tan exactos que parecen jamás regresar y de pronto se estrellan a meses de distancia en  las murallas de la  memoria.
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Unas cuantas líneas que desdibujar sobre la mesa, un soplo de vida sintetizada. Sonrisas soberbias, pero honestas. Se calienta el ambiente con controversias de lenguaje, de cotidianeidad común y corriente. Sofismas, especulaciones se escurren en las gargantas de los presentes y las palabras se vuelven cada vez más ligeras, salen como el humo de los delicados por sus labios.( Pixies, Pixies, Pixies) Llegan más personas, abrazos, Aburrrrto!!!, regalos lo que cualquier fiesta necesita, lo que cualquier persona, y mientras  algunos se callan lo que piensan nosotros pensamos en lo que callamos, entre el decir y el actuar ya se dio la hora de partir a la siguiente fiesta, que es lo mismo pero con personas diferentes, otras  sonrisas, subir las escaleras y saludar a la madrugada mirando las estrellas fugaces desde la azotea. El ese dé ese muchacho, insuperable, el telescopio es se vuelve obsoleto para elevar la cabeza y mirar unos centímetros a la bóveda contaminada de eso que llamamos cielo (You never call my name, on the telephone).

Más baile abajo, arriba, abajo, arribabajoarribabajoescalerapuertaaescalerapuerta, y esperamos a que salgan del cuarto porque pues es su casa y no la nuestra, y guarda elesede que te dieron para el rato, aunque después se lo desaparezca en la lengua de. Asombroso, desde acá arriba los extranjeros bailando cumbias parecen personas normales (pláticas de borrachos y borrachas, que si ya la tesis que si ya la preparation no la riegues, acércate no muerdo) mira a esa francesa besándose con el rastudo, ya sacaron la piñata y a esa otra le están sacando la fruta. Más preparation. More.

Vámos-nos que aquí espantan, y córrele hasta Federalismo vamos esquivando vagos dormidos y no se aparecen los que están más que despiertos para robarle hasta el alma. Ella, me dice, está cansada y tiene hambre (its my party and I cry if I want to), vamos a despertarlo  para que pueda dormir la princesa, y tócale más fuerte a la puerta para que oiga el muerto y que saque lasagña para las visitas.
Llega más gente, más personas, hasta el diablo quiere entrar a la casa. Hace efecto la otra mitad del ese de aquel compa, me encanta estar aquí, por un momento todos gritan y se ríen (a sí mismos y a otros),  sudan; en un solo cuarto de casa y de hora se hace más tierna la noche.  Just like heaven, hay personas alrededor, un montón de soledades que me estrechan, apretándose, restregándose en el calor de la compañía.  Las paredes ya no callan nada y hasta el techo da órdenes a los que le miran desde abajo, como debe de ser, porque para eso inventaron los techos, para limitar la vista pero no la imaginación de quien los derrumba.

A la orilla, siempre a la orilla del precipicio, despegarse de las sensiblerías innecesarias, pero tan a la mano siempre,  no se vayan, quién se va por la otra cerveza y sácame la mano de allí, me estas aplastando la verga con tu vergay!mipiernachuyonomames! y aguas con la verga y el wishorón ...y Mariana?, allí tirada como almohada, Kenya mentando madres (its your party and we cry if we want to)y Benson con margaritas para todos!

Se alteran los sentidos y nos hacemos vulnerables a mirar un poco más, más, má. Esa mirada limpia de malicia me recuerda a una persona que creí persona. Como yo, que no soy más que material de la inmediatez dislocada del presente, aunque no esté presente y se haya ido. But hey! , if you go i would sh...shhh! queremos dormir, silencioruidosilenciovocessilenciosilenciosilencioruido, here comes the sun, du dududup. Allá afuera hasta los postes tienen frío. Yair está dormido de nuevo. (Charlie canta, grita, es Charlie)

(Miro mirarnos a la televisión encendida a la hora de las noticias, masacres que no interesan por el momento. Se contrarrestan las voces de los conductores del programa con las de los otros allá en el pasillo. La aurora de las 7 y cacho me trae un sabor alcalino a la boca, pienso que alguien oculto está grabando todo esto que sucede como parte de una escena, pongo mi mejor pose [acostada] para el director invisible e intento dormir, lo juro, pero el ruido de mi pulso acelerado me pone a bailar las rodillas puesto que sus  risas me dan risa por lo tanto soñar no es una opción frente a un paisaje diurno con tanto potencial.)

Caminar a tientas, orinar, tomar agua de la llave, esquivar vidrios regados por el piso. Que siga el entierro, me dicen los ojos,  a dormir unos instantes. Gouge away morfeo. Selene ríe, sonríe me alegró la mañana.

Se apagó la noche de un soplo, tanto que prometía para terminar marchandose a deshoras, quizá para permitir que se escribiera otra historia o continuar  con la misma profecía, con más golpes al aire,*, más preparados para la preparation, mas drogas, mas espesas por supuesto, más cumpleaños, más amigos,  los suficientes; más canciones, todas las que se puedan; más dinero, más vida para desperdiciar de maneras desconocidísimas pero que se pueden explorar aún, para desaparecer la sensación de que falta algo por hacer. Que el fin del mundo sea todos los días, en todos los mundos, el lugar en el infierno ya lo tenemos asegurado ". A fuego lento.
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Mi olfato te proyecta a través del aire, estremece mis sentidos, y pienso que no hay nada más que pueda interponerse entre la distancia, porque al final llegarémos al punto de encuentro. Y como si nada hubiera sucedido, te presentas ante mi en un sueño. Creo que ya lo vivimos y bailamos, y bailamos, y bailamos. Podría caducar todo e irse a dónde va mi mente cuando despierto. O adónde va la rima que pisaron los poetas muertos. El ritmo lo ponemos cada noche nena, y el baile sólo es de a dos por dos. Espera el turno que te asignen y mientras puedes girar un rato, pero no te vayas a marear, para eso están los barcos y el arte abstracto, las promesas de amor y el licor barato. La volatilidad del sudor, se convierte en fantasmas que acosan mi cuerpo a media noche, el calor, tu cuello, mi memoria. Un cigarro. No te extraño. No te olvido. No me olvides. No me extrañes




jueves, 6 de marzo de 2014

Pasado

sinmigo

6 de abril de 2011

Cierra la puerta, abre los ojos, tápate los oídos y
dispara,
 cose los botones en el lugar de las aves,
 cuelga-me un loro en la oreja,
pinta-me de risas los labios,

que la felicidad se vaya volando junto con ese avión,
que se vaya de compras a París,
que corra con los  toros en España ,
que bese los andes con las manos
y que tome con unos palillos los recuerdos de su viaje,
 se los pegue a una piedra y los tire a la  mar.

Solo déjame por favor la incertidumbre amarrada a mis pestañas,
el desasosiego a mi entrepierna
los caminos a mis pies
las burbujas de mi saliva ...quizá moralmente lo prefieras rojo, pero déjalas así, llenas de aire,
y nunca  te lleves mis palabras antes de que las diga.



Etcaetera

Gris, piel de los inmortales recostados en las faldas de la montaña sagrada,
cristalino del ojo de Norman Bates cuando asesinó a la perra,
 planta de mi pie derecho despues de caminar sobre  ceniza,
 higado de(l) Poe(ta) inflamado en alcohol,
 luna pasada de tueste en el comal.
 cabello de abuela a medio dormir,
marfil sin elefante, materia hecha sopa en el plato de un craneo antropofago.
siglo equis equis i ,apuro de  muchos, ocupación de pocos,
Santiago que corre sucio y pendenciero,
 mano de violador de secretos.

martes, 25 de febrero de 2014

En qué le gustaría reencarnar

En qué le gustaría reencarnar:

a) En un ojo de Jorge Luis Borges
b) En la mano cortada de Siqueiros
c) En la sífilis de la espalda de Charles Baudelaire
d) En el alcohólismo de Bukowski, en su ternura, 
e) en la esquizofrenia de Pizarnik
f) en una amante de Alejandro Rossi
g) en la madre de Oscar Wilde
h) en el corazón de Frida Khalo
i) en el cinismo encabronado de Chandler
j) en la Gala de Dalí
k) en los celos de Plath
l) en una carcajada de Nicanor Parra
m) en un apretón de manos de Bioy y Borges
n) en un beso de Cash y Carter
o) en el coraje de Violeta Parra
p) en un acorde de Kobain
q) en una pregunta de Nietzche
r) en los apuntes de Rulfo
s) en una pintura de Remedios Varo
t) en una lágrima de Alfonsina Storni
u) en la escopeta de Faulkner
v) en un cronopio abortado de Cortázar
w) en la trizteza de Virginia Woolf
x) en la voluntad doblegada de Kant
y) en un sueño de Ribeyro
z) en un orgasmo de Marguerite Duras

(como desearía que tuviera más letras el abecedario para decirte de una nueva manera que te amo)