La Puerta
Llevaba cuatro meses encerrada en esa
casa de salud, pero si le hubieran pedido una descripción exacta de
ella no hubiera sabido hacerla. Sí, conocía los cuartos, pintados
de verde pálido, que se sucedían los unos a los otros a lo largo de
los oscuros corredores, los baños con muros de azulejo blanco que
nadie usaba, los sanitaros inmanentemente fétidos de los que cada
mañana las afanadoras recogían los pedacitos de papel manchados de
excremento, de flemas, de sangre o de semen que las internas
arrojaban sobre los mosaicos ajedrezados del piso durante el día.
Con su bata raída de algodón blanco, manchada y sucia de sudor en
el escote, recorría descalza ese edificio de fachada presuntuosa al
que se llegaba cruzando un jardín estúpidamente bien cuidado que se
extendía ante la gran puerta de acero inoxidable y vidrio; luego el
vestíbulo de mármol gris y las salas de visita, pintadas también
de verde pálido, ajuareadas con muebles forrados de cuero artificial
y sobre las que presidía la mirada paciente y angélica de un
Sagrado Corazón de Jesús, o la cabeza despectiva, indiferente
dentro de los bien organizados pliegues de su manto rojo, de la
Fabiola de Henner.
Fabiola, obra de Jean-Jacques Henner (1829–1905)
Traspuesta la segunda puerta se
extendía ese mundo aparentemente apacible, silencioso de la locura.
Los prados de césped verde sobre los que las mujeres escupían
gruesas flemas, sobre todo en la mañana; las canchas de tenis
abandonadas, carcomido el pavimento de polvo de ladrillo; la piscina
lamosa, recubierta de azulejo blanquecino, en la que nadie se bañaba
ya y cuyo fondo resbaladizo, surcado intermitentemente de gruesas
ratas, ya era solo un abismo inquietante, insondable, escudriñado
por contemplaciones turbias, demenciales y en cuyo borde se sentaban
las internas a hablar deshilvanadamente mientras fumaban cigarrillos
corrientes que luego arrojaban al fondo.
Largo rato, desde la terraza en que
estaban las dos mesas de ping-pong, había estado contemplando cómo
la luz de la tarde hacía vibrar las últimas hojas de los ciruelos
que se arrastraban lentamente por las veredas trazadas entre los
mantos de césped. “El otoño...”, pensó dejando escapar, muy
lentamente entre sus labios heridos por las convulsiones de los
electroshocks, un bocanada de humo que el viento se llevaba
hasta la piscina en que dos internas, sentadas en el borde, fumaban,
también, calladamente.
Al cabo de cuatro meses se había
acostumbrado a la rutina del manicomio; el aseo sumario de la mañana,
cuando todavía se oía cantar los gallos más allá de la alta barda
de ladrillo rojo, el estruendo precipitado y súbito de los grandes
camione sque pasaban frente a la clínica, por la carretera; luego el
desayuno: café con leche tibio, avena, bizcohos... Pero no; antes
del desayuno, una voz que recorría los largos pasadizos desiertos,
tres veces a la semana...¿los lunes, miércoles y viernes?, ¿los
martes, jueves y sábados? “Insulina...”, gritaba la voz que
recorría presurosa esos corredores al amanecer, “Insuliiiiiii-na”,
hasta que se perdía en un resquicio de la casa enorme. Al poco
tiempo se escuchaban los pasos descalzos de las enfermas que,
semidesnudas o apenas arropadas en sucias pijamas de franela, acudían
adormiladas, sin asearse, a ese llamado que era como una convocación
secreta hacia una cámara de tortura en la que se cumplía un rito
propiciatorio para iniciar el día. Después del desayuno la
distribución de cigarrillos. Había algo en todo esto que
desentonaba: las monjas austeras, como grandes pájaros de plumaje
blanco blandían, ante las enfermas que se pañaban en su torno, las
cajetillas multicolores de tabaco negro que les eran arrebatadas
ávidamente. A ella siempre le recordaba a la cigarrera del Peepin'
Tom's aquella noche en que se le habían subido las copas y en que
había bailado hasta la hora de cerrar. Al amanecer había salido de
la cama como impulsada por una urgencia inaplazable de alejarse de
esa respiración satisfecha y apenas perceptible que alentaba a su
lado. Se había dirigido a la ventana y había descorrido las
cortinas. La ciudad, cubierta de niebla gris se extendía
interminablemente ante sus ojos y tuvo la sensación, por primera vez
en su vida, de que aquél era un día marcado, un día en que el alba
grisácea, opresiva, perduraría para siempre. Largo rato permaneció
junto a la ventana viendo la calle desierta. Encendió un cigarrillo:
Peepin' Tom's... música y baile...todas las noches... dos
orquestas... Depositó el cerillo consumido en el reborde de la
ventana. Por su mente cruzaron fugazmente las palabras de aquella
canción: “Acércate más, ... y más... y más... pero mucho
más...” Su boca balbució casi imperceptiblemente esas palabras:
“Come clo...ser to meee...” y el vidrio de la ventana se empañó
con su aliento cálido. Con la punta del dedo, sobre el vaho, trazó
sus iniciales en letras de imprenta: JHS, el monograma de Cristo... Esa imagen era quizá la última que
recordaba con claridad de su vida anterior. Lo demás eran sólo
fragmentos informes. Tenía la sensación de que había ido hasta la
recámara de su hijo y lo había mirado dormir, de que se había
sentado en el borde de la cama, de que , agitada febrilmente, había
vuelto a su cuarto. El camisón de seda había resbalado por sus
hombros, a lo largo de su talle y de sus piernas. Desnuda, se tendió
en la alfombra. Sintió frío, y apoyando la cabeza sobre las
rodillas abrigandose el pecho con las manos alargadas y blancas, se
había abandonado unos instantes a la sensación que su cabello suave
le producía rozando sus muslos ateridos. Luego sintió cómo su
saliva y sus lágrimas silenciosas le resbalaban por los senos y por
las piernas hasta el pubis. Eso era todo. No podía recordar nada
más.
“El otoño...”, volvió a pensar.
Una ráfaga fría trataba empecinadamente de arrancar las últimas
hojas al follaje de los ciruelos y de las jacarandas. Las hojas caían
como una lluvia de oro sobre el césped; el viento jugueteaba todavía
unos instantes con ellas antes de empujarlas, como si fuera con una
tenacidad imperceptible, hacia la piscina. Dejó de pensar en la
rutina de todos los días que había pasado allí. A lo largo de esos
cuatro meses lo único significativo era el recuerdo de su hijo, un
ser que ahora le era lejano y ajeno y la esperanza, la esperanza que
solía renacer a cada instante, la esperanza de salir de ahí o de
que, cuando menos, alguien viniera a visitarla. Una esperanza
totalmente infundada.
Lanzó la última bocanada de humo y
trató de arrojar el cigarrillo consumido a la piscina, pero no lo
logró. El cigarrillo, humeante todavía, cayó a unos pasos del
borde y el viento lo atizaba sin moverlo, arrancándole agitadas y
pequeñísimas humaredas. Se puso de pie y se dirigió a su cuarto.
Después de cruzar los corredores
oscuros, la sucesión de puertas entreabiertas detrás de las cuales
se escuchaban, a veces, canciones populares salidas de los radios de
transistores, imprecaciones apenas balbucidas, conversaciones
informes plagadas de palabras obscenas, gemidos producidos por las
convulsiones, llegó hasta su pequeño cuarto de paredes desnudas,
pintadas de verde pálido, un color como el de los cadáveres, y se
tendió en la cama. Instintivamente se llevó las manos cruzadas al
pecho como si tratara de cubrir sus senos desnudos. Mucas veces se
tendía así para pensar en su esperanza que poco a poco se le había
ido muriendo, pero siempre cruzaba las piernas a la altura de los
tobillos para no parecer un cada´ver. Una superstición que ella
había inventado desde que era niña. Pero ese día, tendida ahí
sobre esa cama estrecha, sobre las sábanas de manta arrugadas,
contemplaba el cielo de la tarde, un cielo gris y sin sentido como
aquel cielo que del alba que había estado mirando desde la ventana
de su cuarto el día en que la habían traído ahí y por mirar ese
cielo que le recordaba la libertad perdida olvidó cruzar las
piernas. Se percató al cabo de un rato de que yacía sobre esa cama
un cuerpo quieto, inanimado, que era el cuerpo de ella, su cadáver.
Un escalofrío de terror le cruzó la espina y en un instante su
frente se cubrió de sudor con el bochorno opresivo que le produjo la revelación súbita del rompimiento de todas las cosas de su vida.
Todo en ese momento le fue ajeno, menos ese cuerpo blanco, suave,
doliente que yacía sobre la cama sucia como un objeto deteriorado y
sin sentido.
Trató de pensar en otra cosa, pero a
su mente no acudió más que una sola imagen: la de la puerta.
Esa puerta formaba parte del misterio
de la casa de descanso. Al final de un largo pasillo se erguía como
una barrera infranqueable, un sexo secreto e inviolado. Cuántas
veces, en su afán por dirimir las horas caminando a lo largo de
aquellos corredores, en las tardes de lluvia, había llegado hasta
ella sin explicarse ese término violento de la continuidad del
pasillo que representaba la puerta.
¿Hubiera osado abrirla? No; parecía
encerrar un misterio tenebroso, como si detrás de aquellas
relucientes y pesadas hojas de cedro con su cerradura de bronce
pulido, estuviera oculto un cadáver; su cadáver tal vez. En
las noches había llegado a soñar con esa puerta, pero ni los sueños
le habían revelado su misterio. Se había soñado perseguida, unas
veces por el médico del establecimiento cuya bata blanca y
almidonada adivinaba cruzar como una aparición siniestra por entre
los corredores, siguiéndola hasta el último confín de la casa,
amenazándola con un pequeño bisturí que relucía en la penumbra.
De pronto llegaba ante la puerta, pero no osaba abrirla y prefería,
en su angustia, entregarse a las caricias cruentas que el médico le
prodigaba en todo el cuerpo, reteniendola de pie en un abrazo
mamóreo, contra el marco barnizado. Otras veces la perseguía una
caterva de perros rabiosos seguidos de los vigilantes y las
afanadoras que vociferaban insultos soeces a sus espaldas. Al llegar
a la puerta le daban alcance y entonces despertaba bañada en sudor
frío, convulsa, gimiente. Se incorporaba sobre la almohada y lloraba
hasta que el sueño la vencía nuevamente.
La sola imagen de esa puerta la
estremecía; por eso cuando la imaginó en esa tarde que como el alba
grisácea de su locura parecía interminable, sintió como un afán
imperioso por vencer esa imagen que era ya, en el abandono total en
que vivía, la única posibilidad de un encuentro trascendental; el
encuentro consigo misma, con un tigre o con un asesino, con su propio
cadáver, entregado para siempre, desnudo, a la otra ella que con una
mano temblorosa abriría la puerta. Se incorporó y trató de
contener el temblor que había invadido sus piernas. Miró una vez
más hacia la ventana. El atardecer era un enorme paño gris que la
cegaba. Sus manos recorrieron agitadas la carne de su cuello y de sus
senos como buscando en el ritmo de su respiración convulsa una vez
más la certidumbre de su cuerpo que, pensó, era lo único que aún
le pertenecía. Oprimiendo sus sienes se puso de pie y luego se
dirigió al pasillo, volvió la cabeza a un lado y otro. El sol de la
tarde se colaba en pequeños manchones intermitentes de luz mortecina
a lo largo del corredor. Al fondo estaba la puerta, apenas visible en
la penumbra. Una carcajada demente llegó, saliendo de uno de los
cuartos hasta donde ella estaba. Pero la musca de los radios como
que se había ocultado y sólo el silencio, el agitado palpitar de su
corazón abrumado, por el imperativo de su angustia, se escuchaban.
Corrió y al llegar ante la puerta se detuvo jadeante. Se sentía
desfallecer. Cerrando los ojos trató de recobrar el aliento. Alargó
la mano temblorosa hasta tocar la cerradura reluciente y fría. Volvió
a abrir los ojos y a mirar su mano que como la garra de una arpía
retenía epilépticamente la bola de bronce. “Come clo...ser to
meeee...” sonaron las palabras zumbando en sus oídos. Haciendo
acopio de todas sus fuerzas dio vuelta a la manija y tiró.
Un rostro la miraba fijamente desde
ese resquicio sombrío. El terror de esa mirada la subyugó. Se
acercó todavía más al pequeño espejo que relucía en la penumbra.
El rostro le sonreía dejando escapar, por la comisura de los labios,
un hilillo de sangre que caía, goteando lentamente en el quicio. De
pronto no lo reconoció, pero al cabo de un momento se percató de
que era el suyo.
ELIZONDO, Salvador Obras: tomo uno,
Colegio Nacional. México, 1994 (53-58)
*Transcribo la presente obra sin fines de lucro.
**Si hay lucro, páguenme por sentarme 2 horas a pasarlo.

