lunes, 27 de julio de 2015

Mensaje de Daniel

"Has estado en mis pensamientos desde hace algunos días, primero como un fantasma, una imagen que aparece de manera rápida; y después, quizá por la curiosidad de saber qué significa que estés en mis recuerdos he obligado a mi mente a hacer que tu imagen dure más tiempo en mi recuerdo; como, por poner un ejemplo, si pienso en las piñas que vi en un pino ayer que salí a caminar, apareces en ese recuerdo, primero alejada del árbol, silente, después obligo a pensarte hasta hacerte menos vaporosa, y entonces te acercas, como se acechan los fantasmas en los sueños; si bien nada dices, sólo me ves y sonríes, como siempre sonríes, casi con pudor. Y entonces me da la gana escribirte y saludarte. Te envío un enorme beso y un fortísimo abrazo, espero estés bien."

lunes, 20 de julio de 2015

Fragmento de la novela "Otras casualidades"

"...no estoy muy segura de como reaccionar ante esta situación, me siento ahora como si tuviera un óceano saliendo desde mi alma, como si un río me atravesara el ser. Otra vez lloré. Es el aniversario de Alejandra P.29 de abril, y yo le acabo de enviar un mensaje, (...)  pero sí, me sentí rara. Y cómo no hacerlo, si quedé tan vulnerable, pero solo es pasado, el deseo es presente, el pensamiento de lo que debería de ser es parte de lo que fue, de lo que quise, aquello que quería antes ya lo tengo. Todo lo que quieres está en ti y nadie te debe completar, al tenerte entera te puedes entregar después, y para que caer en el lugar común, es como estar en un funeral eterno y ya no deseo eso. Quiero algo verdadero, sentirlo, que me llene. Pero siento, ahí el error, quizá que no quiere comprometerse, sin embargo me busca, porque le busqué, y me siento caer en mí. Pero esta vez es distinto, estoy consciente de que estoy enfrentando, y sé que no debería sentirme completa. El pasado, esos momentos que como cortes de una cinta repaso una y otra vez, el deseo revive en la memoria y recordar es vivir, si un poco, y morir, dejar un poco de ti en eso que fue, pero también desgastante, no me gustaría vivir como si desperdiciara cada momento de mi vida. Mi vida, ahora quiero llorar. Ese presentimiento. Hay alguien más, solo queremos que alguien con su amor nos haga sentir, aunque sea una mentira, o una verdad que más da, que somo especiales, pero por que´, ´por qué ese miedo a estar solos. Por que ese miedo a compartirnos, a que nos despedacen el alma con una mirada. Palabras. El silencio es una llave, debería de buscar a alguien que me deseara, que me penetrara, para sentir ese poder que infiero ausente, o que no quiero ejercer aún. La verdad es que acaba de destruirse una de las ilusiones que antes me mantenían en pie, el otro como fuente de mi valor, esa ternura que quiero ver manifestada pero me lo dijo bien él, quizá quien postergó ese sentimiento en mi, quien (al que me subyugué por voluntad propia)  aplazó, día a día el sufrimiento, mi papel de víctima, no pasa nada, le entregué los clavos, la herida ya estaba hecha. Mi pasado, el karma, otra vida, que hice, es el estigma que cargamos con ese concepto de los sentimientos, predisposiciones, expectativas. Lo demás llega solo, calor, hormonas, lubricidad, en sí la fricción ornamentada. Y quizás, si el tiempo nos lo permite, el olvido, y qué chingados, el olvido. El perdón, a nosotros mismos. Cómo matar el ego, o herirlo. Entregarte pese a todo. Pero somos tan vulnerables. Siempre hay una cláusula escondida en cada instante, pagamos, es un trueque, el tiempo es otra cosa. Hay que vivir, pero mantenerse conscientes de ello, dejarse llevar tiene sus consecuencias, y no decir tanto  no me importa, sino el por qué no me importa, por que debo de convencerme de que no hay razón para tomarlo en cuenta. El Otro, ese ser tan ajeno, tan predecible, y nosotros, los desconocidos eternos, errantes, desahuciados de por vida, en un periodo corto, sólo quedan las dudas, un hombre puede cambiar tan fácil de religión por que siempre sostienes que existe una divinidad, una eternidad fiera de nosotros, que sostiene this wire, our soul. Pero el amor es otra cosa, es verdad, que siempre estaremos queriendo anticiparnos, con las recetas, el destino, mitos. Qué pasa cuando todo aquello en lo que te enseñaron en medio del dogma, la moral, el paso de tus días, no resulta ser verdad, Por qué sostener algo que sirve a nuestro orgullo. Claridad, el lenguaje puede ayidarnos a expresar eso que creemos sentir, la delgada línea entre el dolor o el placer, es de que lado quieres sentirlo. Da igual...?

viernes, 27 de febrero de 2015

Confabulatores nocturnae


Hay presión
en situaciones que se avecinan, las sucesiones
de actos premeditados,
la estela que deja una llaga en el óceano
atravesado
por viajeros, antepasados.

La herencia,
unas palabras
unas gotas de sangre
el reflejo de los ojos que vieron salir al sol por primera
vez en la historia.

Muerte,
una visión pueril todavía
que abarca el conocimiento
de algo desconocido
por todos, ni siquiera los que han regresado
saben de aquello
que nos amenaza en el sueño.

A dónde va todo
el amor
el amor a dónde va
cuando termina,
siento que me falta hacer crecer mi horizonte
para hablar de la palabra
quizá cambiar de lugar
caminar más lejos o más cerca
la relatividad
estará allí aunque lo ignore.


Estabas sentada
frente a la vida
intentando desaparecer
en ella observando
la nítidez de ese palpitar de la tarde
'amanece en otro lugar' quizá
dijiste, sentiste la nostalgia en forma de vacío
distancia: algo te hace falta a ti, que me hace falta a mi también'
una postal dónde observas todo lo que está fuera de ti
buenas noticias, la playa, la noche, Navidad y vino de caja
los recuerdos ya no son necesarios
hay otras maneras de vivir
más concretas que los sueños,
a lo lejos la tormenta desemboca
amenaza el verano, y tu estás sola de nuevo.


Ride the light



We drank all the water
nothing left sir
even tears
to mourn
sun
open wounds on our forehead
the lord 
will provide
that glow
does bleed to earth

Ya son las diez y estoy aquí sentada frente al computador pensando que puedo escribir, de qué puedo contar cosas que sucedieron, quizá mentir como siempre a un lector que no existe ahora, me leo y me escribo, no quiero ser redundante, pero esque si forzamos la palabra, esta se hace demasiado difícil de encontrar, millones y millones que existen representan, mi anhelo, mi deseo, de alcanzar un poco más de lo que hay, decir el nombre de Dios, o al menos escucharlo, el tren de la consciencia, del pensamiento hacia dónde me llevará. 

Caigo en cuenta, no necesito nada más que lo que me fue dado, mi lenguaje, mis palabras, las que elijo humildemente, y otras que guardo como tesoros, tu nombre, por ejemplo. Son tiempos dificiles para los idealistas, los soñadores, no gano nada con quejarme, pero aquí estoy, intentando proyectar en un código la clave entera de una parte de mi vida, quién leerá esto, me debe de importar, mi oficio es un compromiso conmigo, componer, crear, levantar a Babel desde las ruinas. 

Que ruido, que desesperación, a veces anhelo el silencio, adentro de mi, pensar solo pensar sintiendo, ni siquiera rozar los contornos, solo fundirme con la sustancia. Intento no escribir igual que a quienes leo, mis 'maestros' desde los locos que predican en la calle frases 'sin sentido' hasta los genios del nuevo occidente. Quiero encontrar mi propio estilo, honrar cada palabra y darle su lugar en el macrocosmos de naderías que escribiré.



De qué podemos hablar esta noche,
pensar

decir
ya no hay nada más
vacío
vacío
vacío,
oscilando de un lado
a otro
la caída
es
insoportable
pero
resulta
una
opción
difícil
de
rechazar.



Despierto
en
tus ojos
una
rosa
es perfectible
ante
la mirada
de lo eterno


De todos los seres humanos,
sólo reconocemos la existenciade aquellos a los que amamos.”SIMONE WEIL


...even a small cough,
even a small love...”ANNE SEXTON


Que día
lo único
que quiero
es dormir
y soñar contigo
descansar con tu repiración en mis oídos


*
Te sientes solo a tu lado
(pero aún te sientes)
*
Estoy parada a la orilla de un precipicio
y la vida con su espada
me lastima la espalda.
*
Con el índice en la sien
pienso en un tiro de gracia
que haga volar todos los pájaros
en mi cabello,
emigrar hacia
el sur
o hacia la nada.
*
Todo es posible,
pienso, cuando levanto la mirada
y veo a las estrellas
reflejar mis ojos
allá arriba.
*
Las casas, las cosas, son monumentos
al aisalmiento
a la reclusión
y el conformismo
un segundo cuerpo
que habitamos
párasitos de nuestro destino.
*

Con esta lluvia,
mi amor
me dan ganas
de hacer
el amor
todas las veces del mundo.
Soy tan oportuna
como lo desees
podría abandonarte
si me lo ordenas.
Voy a retar al destino
a provocar el infierno
y dejar
todo lo vivo
en cenizas,
voy a rechazar el cielo
por una noche más
al lado tuyo.
*
Todos los corazones
tienen salida al mar.
*
Y descubro aquello que no es mío cuando ya se ha ido,
cualquier otro
podría ser tú,
pero no tú,
ese que te hago ser.
Cualquier otra
podría ser yo.
*
Alguna vez
experimenté
un viaje desde mi hacia ti
Santa Teresa
en mis ojos
(Ahora comprendo por qué las santas
siempre miran hacia el cielo)
*
Cuánto dura
una hoja
en caer,
se resiste
a dejar iniciar
el otoño.
*
La casa está rota, no tiene tejado, las puertas (tan fáciles) se hicieron añicos, tantas sombras, extraños, no sé si sigo adentro, ni un alma puede, no cabe siquiera,
cuantos candelabros encendidos faltan para advertir al viajero de que no es buena posada, ni posadera.



Nightmare

confabulatores nocturni


Las luces son más densas cuando apenas abres los ojos a media noche después de despertar, o de no dormir más en un lugar no muy lejano del infierno. La ciudad se vuelve el altar inexorable de los cuerpos medio vivos, medio muertos, que buscan rozar el límite de su existencia hacia cualquiera de las dos partes que los componen. Allá adentro de las habitaciones descansan las almas de los amantes, de los beatos, de las putas, de los inocentes, respiran despacio, hundidos en otra realidad quizá más interesantes que el cotidiano ir y venir matutino de la casa al trabajo, del trabajo a la tumba.

Son las doce de la noche y el predicador loco sigue gritando afuera de la iglesia: “los hijos de la calle no tenemos alma, la salvación no está dentro de una cruz o de un edificio, para poder mirar a los ojos a el Dios de los malditos debemos renunciar a nuestro cuerpo, las heces son parte de nosotros, la mierda es de lo que estamos hechos, comemos mierda, nos inyectamos mierda, yo pude mirar a el otro dios a los ojos y lo único que hizo fue voltear la mirada y escupirme encima del hombro, se rió de mi con desprecio, mató la esperanza en mi, mató lo que quedaba de humano en mi, todo era una broma, somos la carcajada de la hiena que adoramos, que se alimenta de hipocresía, del dios falso, del dios dinero, del dios del sexo, del dios del fuego”.

Las sombras pasaban de largo su camino a la perdición, apenas rozaban su figura, pocas se detenían a escupirlo. “Estamos perdidos, Jesucristo es el único hombre que renunció a su origen, que se salvó por medio de los pecados de los demás, venimos a la tierra a pecar para alimentar una deuda de hace millones de años, somos monedas, nuestro destino es desaparecer y multiplicarnos en el bolsillo de la eternidad”, gritaba con lagrimas en los ojos, siente que le pesa algo dentro, todo el dolor del mundo, su corazón se detiene mientras se estrella en el piso, a lo lejos escucha caer una moneda en la acera.

Enfrente una joven lo observa desde la ventana arrojando el resto de cigarro hacia la calle:“loco”, dice mientras se limpia las lágrimas de lo ojos verdes, irritados por el humo acumulado de la habitación: cansancio. Su turno empieza en unos minutos y tiene que vestirse de nuevo para su espectáculo, le da asco sentir su cuerpo, no estaba dentro ya desde hace años. Arrastrando los pies entra a la regadera y abre el agua caliente hasta el tope para bañarse de nuevo, se enjuaga el cabello, siente resbalar la pastilla de jabón entre sus piernas, se frota, se limpia, pero siente que no es suficiente, está cansada, pero hay que pagar la renta, están a punto de cortar el gas y su hermano está en el hospital desde hace días.

Desearía que él también hubiera muerto junto con su madre, ahora no tendría que hacer uso de su único privilegio para ganarse la vida que conlleva todo eso que es no ser hombre, pero ella no era tarada como su hermano. Pudo haberse quedado en la ensambladora, pero desde los catorce el agujero que le hicieron en el alma y en su cuerpo facilitó que ya no le importara tanto los medios, si al final todo terminaba en el dinero.

Para conseguir el trabajo lo hizo, para ascender de puesto lo hizo, por qué mejor dejarse de rodeos y de lamentos e ir directo al grano en donde podía ganar el doble. 'Entonces no soy tan idiota', pensaba mientras se subía las medias.

Ni siquiera sabía que era un cliché su vida, una historia que muchas veces se ha contado en medio de los vestidores, entre otros jovenes semidesnudos que no tuvieron el privilegio de no ser hombres, compañeros de trabajo, cuerpos delgados, muslos apretados escondiendo esa extensión inservible de su cuerpo. Su cuerpo, tan deseado por esos cientos de ojos que capturaban como cámaras sus movimientos, quién podría ser el afotunado, “cuánto vale el deseo”, pensaba mientras se desabrochaba el brassiere que se acababa de poner hace veinte minutos.

 Bajar despacio, subir rápido, gritar costaba más, sin morder, sin arañar, sin sentir. Cuando estaban encima de ella su mente estaba en otro lado, desde aquella primera vez quizá por eso sentía que su cuerpo ya no le pertenecía, un traje sobre el que vaciaban perfume y lubricante todas las noches, eso era su cuerpo, otro par de medias.











sábado, 17 de enero de 2015

Diálogo a dos voces


Alejandra:

Solo quería decirte que te extraño y espero te encuentres bien y siento muy mal no verte, creo que todo va a estar mejor, una disculpa pero no tengo idea de que hacer, estoy muy confundido y no quiero hacer nada estúpido.

Aunque mi silencio sea imperdonable más para mi que para la idea de la respuesta, sabes he estado un poco en automático, cada noche quería llamarte pero creo que no lo tengo que hacer. No creo que la dignidad tenga que ver en esto. En fin, tendría que ponerme a contar la abismal distancia que se me suele abrir entre el deseo y el acto, mi herida central y también, supongo, el lugar de donde surge eso que escribo o que pienso. No descifro tu silencio. Pero si me hace sentir mejor que sepas que te quiero mucho, y con eso me basta.


2015

lunes, 27 de octubre de 2014

Doppelgänger

Cuando llegas a la vida de alguien
no sabes si eres un doppelganger de alguna otra persona a la que 
solían amar. 

Piénsalo bien. 
                 
Si haciendo el amor piensas que es otra y ella piensa en alguien más,
son dos desconocidos en la cama
que indirectamente les están volviendo a ser infieles.


viernes, 20 de junio de 2014

La Puerta, de Salvador Elizondo

Salvador Elizondo, imaginante onírico, elegante, preciso, de los mejores escritores que mi existencia pudo haberse topado en este lugar donde se antoja un escape ante la realidad sin despegar los pies del piso, les comparto este cuento, mi favorito, que duré tres horas en transcribir a mano, pues no lo encontré en la red:


La Puerta

Llevaba cuatro meses encerrada en esa casa de salud, pero si le hubieran pedido una descripción exacta de ella no hubiera sabido hacerla. Sí, conocía los cuartos, pintados de verde pálido, que se sucedían los unos a los otros a lo largo de los oscuros corredores, los baños con muros de azulejo blanco que nadie usaba, los sanitaros inmanentemente fétidos de los que cada mañana las afanadoras recogían los pedacitos de papel manchados de excremento, de flemas, de sangre o de semen que las internas arrojaban sobre los mosaicos ajedrezados del piso durante el día. Con su bata raída de algodón blanco, manchada y sucia de sudor en el escote, recorría descalza ese edificio de fachada presuntuosa al que se llegaba cruzando un jardín estúpidamente bien cuidado que se extendía ante la gran puerta de acero inoxidable y vidrio; luego el vestíbulo de mármol gris y las salas de visita, pintadas también de verde pálido, ajuareadas con muebles forrados de cuero artificial y sobre las que presidía la mirada paciente y angélica de un Sagrado Corazón de Jesús, o la cabeza despectiva, indiferente dentro de los bien organizados pliegues de su manto rojo, de la Fabiola de Henner.


Fabiola, obra de Jean-Jacques Henner (1829–1905)

Traspuesta la segunda puerta se extendía ese mundo aparentemente apacible, silencioso de la locura. Los prados de césped verde sobre los que las mujeres escupían gruesas flemas, sobre todo en la mañana; las canchas de tenis abandonadas, carcomido el pavimento de polvo de ladrillo; la piscina lamosa, recubierta de azulejo blanquecino, en la que nadie se bañaba ya y cuyo fondo resbaladizo, surcado intermitentemente de gruesas ratas, ya era solo un abismo inquietante, insondable, escudriñado por contemplaciones turbias, demenciales y en cuyo borde se sentaban las internas a hablar deshilvanadamente mientras fumaban cigarrillos corrientes que luego arrojaban al fondo.

Largo rato, desde la terraza en que estaban las dos mesas de ping-pong, había estado contemplando cómo la luz de la tarde hacía vibrar las últimas hojas de los ciruelos que se arrastraban lentamente por las veredas trazadas entre los mantos de césped. “El otoño...”, pensó dejando escapar, muy lentamente entre sus labios heridos por las convulsiones de los electroshocks, un bocanada de humo que el viento se llevaba hasta la piscina en que dos internas, sentadas en el borde, fumaban, también, calladamente.

Al cabo de cuatro meses se había acostumbrado a la rutina del manicomio; el aseo sumario de la mañana, cuando todavía se oía cantar los gallos más allá de la alta barda de ladrillo rojo, el estruendo precipitado y súbito de los grandes camione sque pasaban frente a la clínica, por la carretera; luego el desayuno: café con leche tibio, avena, bizcohos... Pero no; antes del desayuno, una voz que recorría los largos pasadizos desiertos, tres veces a la semana...¿los lunes, miércoles y viernes?, ¿los martes, jueves y sábados? “Insulina...”, gritaba la voz que recorría presurosa esos corredores al amanecer, “Insuliiiiiii-na”, hasta que se perdía en un resquicio de la casa enorme. Al poco tiempo se escuchaban los pasos descalzos de las enfermas que, semidesnudas o apenas arropadas en sucias pijamas de franela, acudían adormiladas, sin asearse, a ese llamado que era como una convocación secreta hacia una cámara de tortura en la que se cumplía un rito propiciatorio para iniciar el día. Después del desayuno la distribución de cigarrillos. Había algo en todo esto que desentonaba: las monjas austeras, como grandes pájaros de plumaje blanco blandían, ante las enfermas que se pañaban en su torno, las cajetillas multicolores de tabaco negro que les eran arrebatadas ávidamente. A ella siempre le recordaba a la cigarrera del Peepin' Tom's aquella noche en que se le habían subido las copas y en que había bailado hasta la hora de cerrar. Al amanecer había salido de la cama como impulsada por una urgencia inaplazable de alejarse de esa respiración satisfecha y apenas perceptible que alentaba a su lado. Se había dirigido a la ventana y había descorrido las cortinas. La ciudad, cubierta de niebla gris se extendía interminablemente ante sus ojos y tuvo la sensación, por primera vez en su vida, de que aquél era un día marcado, un día en que el alba grisácea, opresiva, perduraría para siempre. Largo rato permaneció junto a la ventana viendo la calle desierta. Encendió un cigarrillo: Peepin' Tom's... música y baile...todas las noches... dos orquestas... Depositó el cerillo consumido en el reborde de la ventana. Por su mente cruzaron fugazmente las palabras de aquella canción: “Acércate más, ... y más... y más... pero mucho más...” Su boca balbució casi imperceptiblemente esas palabras: “Come clo...ser to meee...” y el vidrio de la ventana se empañó con su aliento cálido. Con la punta del dedo, sobre el vaho, trazó sus iniciales en letras de imprenta: JHS, el monograma de Cristo... Esa imagen era quizá la última que recordaba con claridad de su vida anterior. Lo demás eran sólo fragmentos informes. Tenía la sensación de que había ido hasta la recámara de su hijo y lo había mirado dormir, de que se había sentado en el borde de la cama, de que , agitada febrilmente, había vuelto a su cuarto. El camisón de seda había resbalado por sus hombros, a lo largo de su talle y de sus piernas. Desnuda, se tendió en la alfombra. Sintió frío, y apoyando la cabeza sobre las rodillas abrigandose el pecho con las manos alargadas y blancas, se había abandonado unos instantes a la sensación que su cabello suave le producía rozando sus muslos ateridos. Luego sintió cómo su saliva y sus lágrimas silenciosas le resbalaban por los senos y por las piernas hasta el pubis. Eso era todo. No podía recordar nada más.



“El otoño...”, volvió a pensar. Una ráfaga fría trataba empecinadamente de arrancar las últimas hojas al follaje de los ciruelos y de las jacarandas. Las hojas caían como una lluvia de oro sobre el césped; el viento jugueteaba todavía unos instantes con ellas antes de empujarlas, como si fuera con una tenacidad imperceptible, hacia la piscina. Dejó de pensar en la rutina de todos los días que había pasado allí. A lo largo de esos cuatro meses lo único significativo era el recuerdo de su hijo, un ser que ahora le era lejano y ajeno y la esperanza, la esperanza que solía renacer a cada instante, la esperanza de salir de ahí o de que, cuando menos, alguien viniera a visitarla. Una esperanza totalmente infundada.

Lanzó la última bocanada de humo y trató de arrojar el cigarrillo consumido a la piscina, pero no lo logró. El cigarrillo, humeante todavía, cayó a unos pasos del borde y el viento lo atizaba sin moverlo, arrancándole agitadas y pequeñísimas humaredas. Se puso de pie y se dirigió a su cuarto.

Después de cruzar los corredores oscuros, la sucesión de puertas entreabiertas detrás de las cuales se escuchaban, a veces, canciones populares salidas de los radios de transistores, imprecaciones apenas balbucidas, conversaciones informes plagadas de palabras obscenas, gemidos producidos por las convulsiones, llegó hasta su pequeño cuarto de paredes desnudas, pintadas de verde pálido, un color como el de los cadáveres, y se tendió en la cama. Instintivamente se llevó las manos cruzadas al pecho como si tratara de cubrir sus senos desnudos. Mucas veces se tendía así para pensar en su esperanza que poco a poco se le había ido muriendo, pero siempre cruzaba las piernas a la altura de los tobillos para no parecer un cada´ver. Una superstición que ella había inventado desde que era niña. Pero ese día, tendida ahí sobre esa cama estrecha, sobre las sábanas de manta arrugadas, contemplaba el cielo de la tarde, un cielo gris y sin sentido como aquel cielo que del alba que había estado mirando desde la ventana de su cuarto el día en que la habían traído ahí y por mirar ese cielo que le recordaba la libertad perdida olvidó cruzar las piernas. Se percató al cabo de un rato de que yacía sobre esa cama un cuerpo quieto, inanimado, que era el cuerpo de ella, su cadáver. Un escalofrío de terror le cruzó la espina y en un instante su frente se cubrió de sudor con el bochorno opresivo que le produjo la revelación súbita del rompimiento de todas las cosas de su vida. Todo en ese momento le fue ajeno, menos ese cuerpo blanco, suave, doliente que yacía sobre la cama sucia como un objeto deteriorado y sin sentido.

Trató de pensar en otra cosa, pero a su mente no acudió más que una sola imagen: la de la puerta.
Esa puerta formaba parte del misterio de la casa de descanso. Al final de un largo pasillo se erguía como una barrera infranqueable, un sexo secreto e inviolado. Cuántas veces, en su afán por dirimir las horas caminando a lo largo de aquellos corredores, en las tardes de lluvia, había llegado hasta ella sin explicarse ese término violento de la continuidad del pasillo que representaba la puerta.

¿Hubiera osado abrirla? No; parecía encerrar un misterio tenebroso, como si detrás de aquellas relucientes y pesadas hojas de cedro con su cerradura de bronce pulido, estuviera oculto un cadáver; su cadáver tal vez. En las noches había llegado a soñar con esa puerta, pero ni los sueños le habían revelado su misterio. Se había soñado perseguida, unas veces por el médico del establecimiento cuya bata blanca y almidonada adivinaba cruzar como una aparición siniestra por entre los corredores, siguiéndola hasta el último confín de la casa, amenazándola con un pequeño bisturí que relucía en la penumbra. De pronto llegaba ante la puerta, pero no osaba abrirla y prefería, en su angustia, entregarse a las caricias cruentas que el médico le prodigaba en todo el cuerpo, reteniendola de pie en un abrazo mamóreo, contra el marco barnizado. Otras veces la perseguía una caterva de perros rabiosos seguidos de los vigilantes y las afanadoras que vociferaban insultos soeces a sus espaldas. Al llegar a la puerta le daban alcance y entonces despertaba bañada en sudor frío, convulsa, gimiente. Se incorporaba sobre la almohada y lloraba hasta que el sueño la vencía nuevamente.
La sola imagen de esa puerta la estremecía; por eso cuando la imaginó en esa tarde que como el alba grisácea de su locura parecía interminable, sintió como un afán imperioso por vencer esa imagen que era ya, en el abandono total en que vivía, la única posibilidad de un encuentro trascendental; el encuentro consigo misma, con un tigre o con un asesino, con su propio cadáver, entregado para siempre, desnudo, a la otra ella que con una mano temblorosa abriría la puerta. Se incorporó y trató de contener el temblor que había invadido sus piernas. Miró una vez más hacia la ventana. El atardecer era un enorme paño gris que la cegaba. Sus manos recorrieron agitadas la carne de su cuello y de sus senos como buscando en el ritmo de su respiración convulsa una vez más la certidumbre de su cuerpo que, pensó, era lo único que aún le pertenecía. Oprimiendo sus sienes se puso de pie y luego se dirigió al pasillo, volvió la cabeza a un lado y otro. El sol de la tarde se colaba en pequeños manchones intermitentes de luz mortecina a lo largo del corredor. Al fondo estaba la puerta, apenas visible en la penumbra. Una carcajada demente llegó, saliendo de uno de los cuartos hasta donde ella estaba. Pero la musca de los radios como que se había ocultado y sólo el silencio, el agitado palpitar de su corazón abrumado, por el imperativo de su angustia, se escuchaban. Corrió y al llegar ante la puerta se detuvo jadeante. Se sentía desfallecer. Cerrando los ojos trató de recobrar el aliento. Alargó la mano temblorosa hasta tocar la cerradura reluciente y fría. Volvió a abrir los ojos y a mirar su mano que como la garra de una arpía retenía epilépticamente la bola de bronce. “Come clo...ser to meeee...” sonaron las palabras zumbando en sus oídos. Haciendo acopio de todas sus fuerzas dio vuelta a la manija y tiró.

Un rostro la miraba fijamente desde ese resquicio sombrío. El terror de esa mirada la subyugó. Se acercó todavía más al pequeño espejo que relucía en la penumbra. El rostro le sonreía dejando escapar, por la comisura de los labios, un hilillo de sangre que caía, goteando lentamente en el quicio. De pronto no lo reconoció, pero al cabo de un momento se percató de que era el suyo.


ELIZONDO, Salvador Obras: tomo uno, Colegio Nacional. México, 1994 (53-58)

*Transcribo la presente obra sin fines de lucro.
**Si hay lucro, páguenme por sentarme 2 horas a pasarlo.